
¿y qué podría hacer yo, si vos no estuvieras?
Llegaste hasta aquí malherido, y no supe hacer otra cosa que cuidarte. Y aunque me haya enojado preguntándome de quien habría sido el arma que te dañe, supiste abrir los ojos y hacerme comprender que no existía odio en tu mirada: que el destino tenía tu perdón.
Le hicimos frente a la tormenta y aunque ese presente se haya mostrado como un mar embravecido, de olas inmensas y ráfagas potentes de viento, el solo latir de tu corazón, evitó que olvidara que siempre existe la esperanza de que llegue la calma: yo nunca bajaría los brazos.
Así te cobijé, celosamente, todo el temporal.
Finalmente, aún luego de la oscuridad y el frío de la noche, resplandeció en el horizonte el sol de un nuevo día: la claridad había llegado, las nubes se deshacían entre los rayos de tu sol.
Fué ahí, en ese preciso momento, cuando quienes te regalaron la vida dibujaron una sonrisa en sus caras y aliviaron las tensiones: cuando el agua de tus mares se volvieron mansas, y una brisa tranquila comenzó a pasear por los jardines de tu cuerpo.
Todo vale la pena, todo cobra sentido mágicamente cuando te veo crecer y reponer energía. Han sido duros los primeros pasos para vos, pero, aunque me resulte increíble, ni siquiera así dejaste de lado tu valentía: no solo te hiciste fuerte ante la tempestad, sino que también regalaste un sentido a mi quehacer.
Hoy quiero agradecerte, bebé, que me hayas permitido ayudarte, que todos los días me reconfortes en el placer inmenso de sostener tu manito, que hayas recibido en depósito una parte de mis esperanzas.
Y cuando el tiempo pase, y tus alas estén grandes y fuertes, vas a desplegarlas y agitarlas con fuerza hasta remontar vuelo: dos ángeles guardianes tendrás que con dedicación habrán aprendido el oficio de ser los centinelas de tus sueños y los cuidadores de tu corazón.
Cuando ese día llegue, voy a extrañarte mucho bebé, pero me alegraré como nunca hasta entonces: sentiré en mi corazón, la infinita alegría que solo tu sonrisa saludable y aliviada me sabe dar. Gracias.
Llegaste hasta aquí malherido, y no supe hacer otra cosa que cuidarte. Y aunque me haya enojado preguntándome de quien habría sido el arma que te dañe, supiste abrir los ojos y hacerme comprender que no existía odio en tu mirada: que el destino tenía tu perdón.
Le hicimos frente a la tormenta y aunque ese presente se haya mostrado como un mar embravecido, de olas inmensas y ráfagas potentes de viento, el solo latir de tu corazón, evitó que olvidara que siempre existe la esperanza de que llegue la calma: yo nunca bajaría los brazos.
Así te cobijé, celosamente, todo el temporal.
Finalmente, aún luego de la oscuridad y el frío de la noche, resplandeció en el horizonte el sol de un nuevo día: la claridad había llegado, las nubes se deshacían entre los rayos de tu sol.
Fué ahí, en ese preciso momento, cuando quienes te regalaron la vida dibujaron una sonrisa en sus caras y aliviaron las tensiones: cuando el agua de tus mares se volvieron mansas, y una brisa tranquila comenzó a pasear por los jardines de tu cuerpo.
Todo vale la pena, todo cobra sentido mágicamente cuando te veo crecer y reponer energía. Han sido duros los primeros pasos para vos, pero, aunque me resulte increíble, ni siquiera así dejaste de lado tu valentía: no solo te hiciste fuerte ante la tempestad, sino que también regalaste un sentido a mi quehacer.
Hoy quiero agradecerte, bebé, que me hayas permitido ayudarte, que todos los días me reconfortes en el placer inmenso de sostener tu manito, que hayas recibido en depósito una parte de mis esperanzas.
Y cuando el tiempo pase, y tus alas estén grandes y fuertes, vas a desplegarlas y agitarlas con fuerza hasta remontar vuelo: dos ángeles guardianes tendrás que con dedicación habrán aprendido el oficio de ser los centinelas de tus sueños y los cuidadores de tu corazón.
Cuando ese día llegue, voy a extrañarte mucho bebé, pero me alegraré como nunca hasta entonces: sentiré en mi corazón, la infinita alegría que solo tu sonrisa saludable y aliviada me sabe dar. Gracias.
