jueves, 27 de diciembre de 2007

El cerebro del rey.


Los humanos, como cualquier ser vivo, somos transportadores de genes entre una y otra generación, un eslabón más en la larga cadena de la historia natural. En nuestro patrimonio genético hay partes de ADN que provienen de los ancestros que nos precedieron hace millones de años. Los genes son inmortales y nosotros somos tan solo un vehículo para su largo viaje en la vida.

El mandamiento biológico es la perpetuación, tras conseguirlo el organismo portador de los genes pierde el sentido natural de persistir vivo: ya no es necesario, es un dispendio energético superfluo para la continuidad de las especies.

No obstante al humano moderno, antropocéntrico, que se cree objetivo y fin del despliegue del tiempo, le es muy difícil aceptar su finitud. Sin embargo no es suficiente la superficie del mundo como para esconder la cabeza bajo la tierra: tarde o temprano, vamos a morir. En tanto la procreación y los proyectos surgen como soluciones mágicas a esta realidad, se nos muestra la vida real como un árbol tapado por un bosque electivamente ficticio.

(Adaptado de "El cerebro del rey", Tusell Nolasc )

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Gracias Bebé.


¿y qué podría hacer yo, si vos no estuvieras?
Llegaste hasta aquí malherido, y no supe hacer otra cosa que cuidarte. Y aunque me haya enojado preguntándome de quien habría sido el arma que te dañe, supiste abrir los ojos y hacerme comprender que no existía odio en tu mirada: que el destino tenía tu perdón.
Le hicimos frente a la tormenta y aunque ese presente se haya mostrado como un mar embravecido, de olas inmensas y ráfagas potentes de viento, el solo latir de tu corazón, evitó que olvidara que siempre existe la esperanza de que llegue la calma: yo nunca bajaría los brazos.
Así te cobijé, celosamente, todo el temporal.
Finalmente, aún luego de la oscuridad y el frío de la noche, resplandeció en el horizonte el sol de un nuevo día: la claridad había llegado, las nubes se deshacían entre los rayos de tu sol.
Fué ahí, en ese preciso momento, cuando quienes te regalaron la vida dibujaron una sonrisa en sus caras y aliviaron las tensiones: cuando el agua de tus mares se volvieron mansas, y una brisa tranquila comenzó a pasear por los jardines de tu cuerpo.
Todo vale la pena, todo cobra sentido mágicamente cuando te veo crecer y reponer energía. Han sido duros los primeros pasos para vos, pero, aunque me resulte increíble, ni siquiera así dejaste de lado tu valentía: no solo te hiciste fuerte ante la tempestad, sino que también regalaste un sentido a mi quehacer.
Hoy quiero agradecerte, bebé, que me hayas permitido ayudarte, que todos los días me reconfortes en el placer inmenso de sostener tu manito, que hayas recibido en depósito una parte de mis esperanzas.
Y cuando el tiempo pase, y tus alas estén grandes y fuertes, vas a desplegarlas y agitarlas con fuerza hasta remontar vuelo: dos ángeles guardianes tendrás que con dedicación habrán aprendido el oficio de ser los centinelas de tus sueños y los cuidadores de tu corazón.
Cuando ese día llegue, voy a extrañarte mucho bebé, pero me alegraré como nunca hasta entonces: sentiré en mi corazón, la infinita alegría que solo tu sonrisa saludable y aliviada me sabe dar. Gracias.

domingo, 23 de diciembre de 2007

El quehacer del hombre

La vida es quehacer, y el quehacer de la vida es decir, la vida verdadera de cada cual consistirá en hacer lo que hay que hacer, y evitar hacer cualquier cosa. Para mí un hombre vale en la medida que la serie de sus hechos sea necesaria y no caprichosa: pero con ello estriba la dificultad del acierto.
Se nos suele pensar como necesario un repertorio de acciones que ya otros han ejecutado, y nos llega bajo la aureola de alguna u otra consagración. Esto nos incita a ser infieles con nuestro propio quehacer, que siempre es irreductible al de los demás. La vida verdadera es inexorablemente invención. Tenemos que inventarnos nuestra propia existencia, y a la vez este invento no puede ser caprichoso. El vocablo "invención" recobra aquí su raíz etimológica de "hallar". Tenemos que hallar, que descubrir la trayectoria necesaria de nuestra vida, que solo así será verdaderamente nuestra y no de otro, o de nadie, como lo es la del frívolo.
José Ortega y Gasset.