
Los humanos, como cualquier ser vivo, somos transportadores de genes entre una y otra generación, un eslabón más en la larga cadena de la historia natural. En nuestro patrimonio genético hay partes de ADN que provienen de los ancestros que nos precedieron hace millones de años. Los genes son inmortales y nosotros somos tan solo un vehículo para su largo viaje en la vida.
El mandamiento biológico es la perpetuación, tras conseguirlo el organismo portador de los genes pierde el sentido natural de persistir vivo: ya no es necesario, es un dispendio energético superfluo para la continuidad de las especies.
No obstante al humano moderno, antropocéntrico, que se cree objetivo y fin del despliegue del tiempo, le es muy difícil aceptar su finitud. Sin embargo no es suficiente la superficie del mundo como para esconder la cabeza bajo la tierra: tarde o temprano, vamos a morir. En tanto la procreación y los proyectos surgen como soluciones mágicas a esta realidad, se nos muestra la vida real como un árbol tapado por un bosque electivamente ficticio.
(Adaptado de "El cerebro del rey", Tusell Nolasc )

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